Robin y Una Bonita Historia de Amor

Juanma Benítez (Blog) – Muy larga se me hizo la noche, pero el reloj se apiadó de mí, y sus agujas marcaron las 6 de la mañana, justo la hora de acabar mi turno de trabajo y regresar a casa.
El frío de Noviembre empañaba los cristales de mi coche, y la visibilidad era muy escasa, pese a ello, pude ver algo extraño en medio de la carretera y pude detener el vehículo bruscamente antes de impactar.
Por un momento pensé que se trataba de un saco, o una piedra de grandes dimensiones, ya que era incapaz de visionar con claridad, debido en parte a la humedad acumulada en el parabrisas.
Puse los intermitentes de emergencia y bajé del vehículo, con cierto recelo.
Me acerqué poco a poco, y ví que se trataba de un perrito de color marrón oscuro, de tamaño mediano, sin raza y en un estado lamentable. Todo su cuerpo estaba pelado, sus patas ensangrentadas y empapado. Las temperaturas heladas y el miedo que tenía aquel animal, le provocaban unos grandes temblores.
Me miraba fijamente a los ojos, con una mirada tan profunda y triste, que parecía querer pedirme que diera fin al calvario que estaba sufriendo.
Cogí una manta del coche,  lo arropé y lo puse a los pies del acompañante. Sin pensármelo dos veces lo llevé al veterinario de guardia, e intentar lo que parecía imposible, salvarle la vida.
Después de dos angustiosas horas de curas, análisis y radiografías, el doctor se dirigió a mí, y con un tono de preocupación y me dijo que las heridas que era lo más aparatoso ya estaban curadas, pero que había perdido mucha sangre y  difícilmente podría superar la anemia descomunal que tenía el animalito.
Salí de la consulta triste, por las malas noticias que me dieron, pero a la vez dispuesto a luchar hasta el final por salvar a mi nuevo amigo.
Al llegar a casa no había nadie, y lo primero que hice fue darle un baño con agua caliente y mucho jabón. El pobre se me escapaba de las manos debido a su poco peso y su poca colaboración.
Al llegar mis hijos ya estaba limpio y seco, pero seguía en estado de shock, sin querer reaccionar ante ningún sonido y ninguna llamada.
Pasaron días muy duros, y no conseguíamos que los traumas, que habían llevado a aquel animalito a renunciar a la vida y elegir la muerte.
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Un mes más tarde, se produjo el milagro que todos esperábamos.
Era un domingo de Diciembre, víspera de Navidad y los gritos de alegría de mi hijo me despertaron ¡papa¡ ¡papa¡ ¡ corre tienes que ver esto¡.
Robin como así le llamamos, seguía a mi hijo muy lentamente y movía su cola a gran velocidad dándole con su cabecita simpáticos golpes en sus piernas, buscando que jugara con él.
Ese gran día, Robin decidió definitivamente vivir, y quedarse con nosotros el resto de su vida.
Con el paso de los días, su apetito iba a más y su pelo se fue repoblando hasta tener un aspecto normal. Se transformó en un perro feliz, juguetón, y gran parte de aquel milagro se lo debemos a la complicidad entre Robin y mi hijo pequeño.
Pasamos diez años fantásticos con Robin, y jamás tuvimos que volver al veterinario por enfermedad.
En un mes cambió la vida de todos nosotros, con su presencia, y todos nuestros planes incluían a nuestro amigo en ellos. Es difícil explicar con palabras lo que significó Robin en nuestra familia y sobre todo lo que aportó a mis hijos nunca se lo podremos agradecer suficientemente.
Compartió con nosotros alegrías, tristezas, y siempre su presencia nos aportó mucha felicidad. También nos enseñó, solo con su mirada y en momentos puntuales, comprender que nunca teníamos motivos suficientes para preocuparnos en exceso por problemas menores,  conociendo su historia y procedencia.
Era tanto el cariño y la compenetración, que no concebíamos ir a cualquier lugar sin la presencia de Robin.
Un día supe enseguida que algo no iba bien. Robin seguía acostado y se negaba a moverse de su almohada, cuando por norma él siempre me despertaba a mí para darle su paseo matinal.
Inmediatamente y sin dudarlo lo llevé al hospital y una vez allí el veterinario tumbó a Robin en la camilla. Le hicieron pruebas de todo tipo, pero la realidad yo ya la sabía, y no tuve ni que esperar los resultados de las pruebas.
Mi amigo volvió a mirarme igual que el día que lo encontré, pero esta vez sus ojos lagrimosos,  se estaban despidiendo de mí.
Es imposible describir el dolor tan inmenso que se llega a sentir, cuando el doctor le inyectó su final, y sus ojitos se fueron cerrando poco a poco.
Mi cara junto a la suya, le besaba y le susurraba con la voz temblorosa y le daba las gracias, por habernos llenado la casa de amor.
Todavía tuvo fuerzas para sacar su lengua rosada y darme sus dos últimos besos de despedida.
Con todo mi apoyo y cariño a la Asociación Animalista P.A.S.O.S El Vendrell, y por supuesto, a mi gran amigo Robin.

Juan Mª Benitez

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