Pública deuda con un ser bueno

MANUEL MOLINA. DOMÍNGUEZ, Diario de Mallorca –  Camino unos pasos por el corredor de la incineradora canina, y le veo por última vez. En realidad, sólo su cuerpo. Enroscado sobre sí mismo, parece dormir. Únicamente un leve rictus en su boca entreabierta y la ausencia de movimiento en el diafragma revelan la verdad. Le miro sólo el tiempo necesario –terribles segundos– para asegurarme de que no hay error, y que serán sus cenizas las que recogeré en unos instantes. Mi perro ha estado conmigo desde que hace casi catorce años nos encontramos, una lluviosa mañana de otoño en que él vagaba abandonado y perdido por la calle. Pero fui yo quien tuvo suerte de que coincidiéramos, en una etapa fundamental de mi vida. Siempre noble y leal, nos regaló su generoso afecto, mostrándose feliz sólo por formar parte de nuestra familia. Proporcionalmente a su capacidad, nos dio más de lo que nosotros le dimos a él. Nunca tuvo un gesto de enfado o rencor. Ni siquiera cuando naturales aumentos de familia le fueron marginando a un puesto de segundón. O cuando alguien a quien él quería (y de quien no se lo podía esperar) le trató cruelmente. Incluso cuando los abusones gatos de la casa le robaban comida o cama ante su propia nariz, se mostraba con ellos tolerante y protector (algo, para mí, incomprensible). Sé que habrá quien no lo comparta. Sobre todo los que ven a los perros como simples mascotas, o como meros diseminadores urbanos de detrito orgánico (aunque reconozcan que la culpa es del animal de bellota que los pasea). Pero mi perro siempre tuvo, como el de Byron –y muchos otros perros–, las mejores virtudes del ser humano y ninguno de sus defectos.

No hace mucho, escribí sobre la excesiva crueldad –y ausencia de necesidad– de muchos experimentos con animales, que les causan terrible sufrimiento (a veces mediante su vivisección). Aunque al hilo de ello –y refiriéndome a los necesarios avances médicos–, también añadí algo así como que toda vida humana vale siempre más que la de cualquier animal. Pues bien, hace algunos días (durante los últimos de mi perro) volví a ver en televisión unas antiguas imágenes de Ratko Mladic, con motivo de su actual detención por orden del Tribunal Penal Internacional. Corría 1995, y el general serbio aparecía en Srebrenica, respaldado por sus hombres armados hasta los dientes, dirigiéndose en tono curiosamente amable –casi paternal– a un enorme grupo de civiles bosnios de aspecto desvalido que a su vez le devolvían miradas mezcla de espanto y esperanza. Mladic intentaba ganarse su confianza garantizándoles que si se entregaban no les pasaría nada. Poco después (una vez confiados), más de siete mil de esos bosnios –adultos y niños– fueron asesinados a sangre fría en una de las más grandes matanzas de civiles perpetradas en Europa desde los tiempos de Hitler y Stalin (por cierto, que todo ocurrió sin que los que mirábamos desde la distancia hiciéramos –ni ONU, ni OTAN mediante– mucho por impedirlo; claro que allí no había petróleo). Pero no hace falta ir tan lejos: recordemos a esos “valientes” de tiro en nuca y bomba-lapa que aquí al lado y hasta anteayer (ojalá hayan acabado de verdad) repartían muerte y dolor, y después brindaban (alguno se jactó expresamente de ello) al ver a las familias rotas en los funerales. Aunque no todo depredador se ensucia las manos: están los que, mientras se anudan carísimas corbatas, urden piruetas financieras que les permitirán ganar millones, aún sabiendo que –en siniestro efecto mariposa– provocan la pérdida de trabajo y hogares de muchas familias, o incluso la muerte por hambre de más niños en otro confín del planeta. Y tampoco olvidemos a esos individuos/as que en el ámbito doméstico maltratan (ni todo maltrato es físico, ni fluye siempre en la misma dirección) a sus mujeres, a sus maridos, a sus ancianos, y hasta a sus propios hijos –a veces muy pequeños– llegando a causarles la muerte. Ese elenco –no exhaustivo– de “glorias” de nuestra especie quizá no sean mayoría (así me esfuerzo en creerlo). Pero, lamentablemente, tampoco escasean.

No sé cómo podría medirse –si ello fuera factible– el valor de una vida. Pero si ese valor se midiera, por ejemplo, mediante la cantidad de bien o de mal que cada sujeto hace durante su existencia a los que le rodean, en ese caso quiero rectificar públicamente: la vida mi perro no valía menos que la de esos desalmados que antes he mencionado. Al contrario. Porque mi perro –como otros muchos perros– era profunda e intrínsecamente bueno.


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